Mª José Álvarez Folgar | Articulos | Sábado 12 de marzo, 2016

EL DOLOR AJENO… puede resultar abrumador. Por momentos, el sufrimiento de otro ser vivo, puede quebrantar nuestro equilibrio de forma que haga peligrar nuestra estabilidad emocional. Un error muy común es empatizar de manera insana con ese dolor y personalizarlo. Haciéndonos cargo del sufrimiento del otro, en lugar de hacernos cargo de ser su soporte y de ser su apoyo.
Cuando las personas sufren, sólo necesitan que los que los rodean les ofrezcan confíanza, siendo útiles para aquello de lo que se ven incapacitados en esos momentos. O simplemente acompañándolos en su dolor de forma respetuosa,afectuosa y sin juzgarlos.
Es común querer restar importancia o intentar animar al que sufre. Pero si lo que hacemos para lograrlo es vacuo o superficial, “anímate, ya verás como todo se arregla”. ” A mi me pasó algo parecido y….” pasamos a narrar nuestra experiencia, olvidando la del verdadero protagonista en ese momento. Lo más probable es que no sólo no logremos animarlo sino que se sentirá más solo y desoído.
También suele suceder que para apoyar al que sufre, nos ponemos en su lugar y sufrimos con él. Cargando con su dolor como si se tratara del nuestro, pero sin la experiencia ni las circunstancias reales que rodean a la persona que sufre. Este es el peor de los casos, porque además de incapacitarnos restándonos utilidad,añadimos más dolor al entorno, multiplicándolo.
Ser útil en situaciones de sufrimiento a veces es tan simple como estar y demostrar que se puede contar con nosotros. Escuchar sinceramente a la persona, suele ser más eficaz que mil palabras de ánimo. Sufrir por el otro no sólo no es útil, sino que empeora una situación ya de por sí compleja.
En estas situaciones de sufrimiento ajeno, es mejor ser útil que emocional. Y si no es posible, lo mejor es retirarnos a un segundo plano dejando lugar a otros que estén más capacitados para esas circunstancias.

Mª José Álvarez Folgar

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